PARROQUIA SANTA MARIA DE LA ESTRELLA 
Declarada Bien de Interés Cultural - Coria del Río (Sevilla)

Parroquia Santa María de la Estrella. Segunda Charla Cuaresmal Marzo 2019. D. Antonio Santos Moreno Pbro. 

Quisiera empezar esta segunda jornada o charla cuaresmal, con el Evangelio de Zaqueo, Lucas capitulo 19. 

Amar es también perdonar: Quien dice que Ama a Dios y aborrece a su hermano es un mentiroso; eso nos lo recuerda el Apóstol San Juan en las páginas  del Evangelio. Sencillamente podemos decir que quien es capaz de Amar es  capaz también de perdonar.

            San Juan nos define a Dios como Amor y por tanto toda acción de Dios se traduce en Amor y perdón.

            Si nos remitimos a las páginas del Génesis constatamos que el hombre ha sido creado desde el Amor de Dios y para reflejar ese Amor. El gesto más claro del Amor de Dios al hombre está en la complacencia que el  mismo  Dios expresa al crear al hombre. Es más, el Dios bueno de Amor piensa en el desarrollo integral, social del hombre y comenta al verle creado: “No es bueno que el hombre esté solo…” ( Ge. 2,18). Desde el principio vemos que el hombre está creado por Dios para la convivencia y el compartir, es decir, para la comunión de bienes y talentos. Dios destierra desde el acto creador la soledad y el encierro del hombre en sí mismo.

            Lamentablemente si pasamos una mirada en nuestra condición de hombres, podemos decir que existen algunas actitudes que parecen afirmar que el hombre creado desde el Amor de Dios, como que no es capaz de Amar  por la incidencia que el pecado deja en la vivencia de la fraternidad.

 

El perdón una acción real de Cristo y un imperativo en la vida del cristiano:

            Si fijamos nuestra mente y meditamos los distintos pasajes de la sagrada escritura, específicamente los del Nuevo Testamento en los cuales Cristo expresa el perdón a los pecadores, no nos queda otra cosa que reafirmar que el perdón en la acción evangelizadora de Cristo es una realidad vivida en la práctica  y expresada desde el Amor del Padre. En todos los  pasajes del Evangelio,  comprobamos que él no se desentiende del que pide el perdón, sino que se implica y aplica la misericordia del Padre. No he venido a salvar al justo, sino al pecador para que se arrepienta y  viva.

            El perdón como realidad de la acción de Cristo, se desprende de  la acción misericordiosa del Padre. La acción de Cristo encarna y refleja esa expresión que se pronuncia en la oración del Padrenuestro: Perdónanos nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

            El mérito de nuestro perdón a los hermanos no es sólo un alivio psicológico ante el conflicto humano, sino que cada vez que practicamos el perdón sumamos a nuestra santificación personal. Bien lo ha dicho el Señor: Porque si somos capaces de perdonar a los demás sus culpas, también nuestro Padre del cielo nos perdonará. Por tanto el hombre es objeto y sujeto del Amor y el Perdón de Dios. De una forma consciente e inteligente, así nos lo recuerda el Concilio Vaticano II : “El hombre es la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma; es más, el hombre no puede encontrar su propia plenitud, si no es en la entrega sincera de sí misma y a los demás”. (G.S. 24).   Esta afirmación del Concilio V. II nos reafirma que el cristianismo tiene su fundamentación en el Amor a Dios y al prójimo.

            La verdad más profunda de nuestra condición de cristianos la podemos sintetizar en que lleguemos por Amor a Dios; con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón, con todo nuestro ser, con toda nuestra vida…. Y al prójimo como a nosotros mismos. El Amor que profesamos a Dios es un Amor compartido y colectivo. No un amor exclusivo y excluyente.

 

            Experimentar el Amor-perdón de Dios es un  Amor verdadero,  el cual nos hace más humanos, más sensibles a la necesidad y a la miseria humana. El reflejo del Amor de Dios es el que nos identifica como cristiano y nos eleva a la dignidad de hijos de Dios. Amar como Dios nos Ama, no es para nosotros una alternativa en nuestra vivencia cristiana, sino un imperativo de lo constituyente de nuestra realidad como cristiano. No Amo por que simplemente quiero, sino que Amo porque Dios nos ha amado primero.   Y llegar amar hasta los que me hacen el mal.

            En la vivencia de la sociedad y el mundo actual, nos  demuestra una realidad: La sociedad y el mundo se hace cada vez más un espacio donde escasea el Amor y la posibilidad del perdón a los hermanos.  El hombre actual, el posmoderno como nosotros sólo quiere un amor de conveniencia y complacencia, al igual que un perdón psicológico y de trueque ante el que le pueda convenir. Mientras el hombre no cambie su modo de amar por auténtico Amor y Perdón del Dios Misericordioso, seguirá en el engaño, la frustración y la ambigüedad  conductual que le conduce al vacío  existencial, la frustración personal y comunitaria  así como a la mera búsqueda de sí mismo y lejanía del Dios único y verdadero. Sin declararnos existencialistas y ateos, los hombres de hoy con nuestras actitudes ante los demás como que reafirmamos que el Amor ha muerto, le hacemos publicidad a Federico Nietzsche; es más, en nuestros ambientes encarnamos, declaramos que el Amor ha muerto. Dando una mirada rápida a la vida de la sociedad, somos indolentes ante la miseria humana, en la familias el no perdonarse, los errores humanos han causado la división eterna de familias enteras, el odio entre los hermanos ha conducido a un sin fin de huérfanos ambulantes en nuestras calles; en fin, debemos volver a las fuentes del Amor del padre para cumplir con el mandamiento de la recreación de nuestra sociedad.

            Al estar ausente el Amor, lo que abunda es la violencia, la ira y el odio desenfrenado en todas las formas de expresión. Es más, me atrevo a decir que nos hemos disfrazado de corderos con pieles de lobo, en algunas oportunidades simulamos de un modo perfecto nuestra intención desviada y destructora. Y mientras persistan estás actitudes entre nosotros los cristianos, cómo nos van a creer acerca del Amor de Dios, sino sólo  somos una caricatura de su amor.  

   Cuando nos introducimos en la terapia cristiana del Amor, existe una condición esencial en su proceso: Olvidar la ofensa , la injuria, la violencia… Es más llegar a la propiciación kenótica ( de abajamiento) de nuestros temperamentos y falsas excusas a la luz de la Pasión de Cristo, como norte orientador del Amor pleno.

            El perdón máxima expresión del Amor:

            Ante el predominio humano del odio y la venganza, el don o regalo del perdón necesariamente hay que suplicarlo a Dios, no vale decir que hemos disculpado al hermano, si aún en nuestro corazón quedan los resquemores humanos de la ofensa. Bien claro nos lo recuerda el Señor: “Si al presentar tu ofrenda ves que estas peleado con tu hermano, deja allí tu ofrenda y ve a reconciliarte primero con él, no sea que te entregue al alguacil y el alguacil al juez y te vez en problemas”.. Dios no quiere un culto vacío, lejano a la incidencia plena de lo humano. Dios quiere que le amemos en espíritu y verdad. 

            Es por tanto que el perdón posibilita nuestras vidas, más aún, contiene una fuerza generadora y creadora; cada vez que perdono experimento el perdón mismo de Dios. El perdón me da vida y posibilita la paz. En todo lo largo de nuestra vida deberíamos tener como jaculatoria existencial: “Señor, hazme capaz de perdonar, y devuélveme tu alegría y la paz”.

        

El perdón es una fuerza creadora y generosa:

            En la práctica del perdón y la reconciliación nuestra naturaleza humana se ve recreada, al perdonar y reconciliarnos se nos devuelve la vida y la paz.  El ser criaturas nuevas es revestirnos de la nueva condición de hijos de Dios, con la dignidad de hijos auténticos reconocidos ante el Padre.

            El perdonarnos unos a otros debería ser el ideal de la existencia humana. O sea,  lo peculiar del cristiano auténtico debería moverse por el trinomio fundamental de Amor- Perdón- Reconciliación.

            Teniendo a Cristo como expresión del perdón humano y divino, vemos en Él encarnado el Perdón más grande ante el mayor mal existente. ¿Será que no somos capaces de perdonar porque hemos  perdido el norte  orientador de Cristo como fuente del perdón y la reconciliación? Además, me atrevo a decir que si no somos capaces de dar una vuelta completa a nuestra vida al ser de Cristo nunca vamos a experimentar el auténtico sabor humano y espiritual del perdón y la reconciliación… ¿ Será más grande el dolor que nos causa la ofuscación con el hermano, que el Amor y el perdón de Dios? No nos queda otra cosa que decir que perdono porque simplemente soy cristiano. Y llamarse cristiano es ser otro Cristo, nos dice Tertuliano.

            Siendo estrictos en el cumplimiento del evangelio, el perdón y la reconciliación son para siempre en la vida del cristiano:  ¿Señor cuántas veces tengo que perdonar?: setenta veces siete, es decir, para siempre y punto. ( Mt.18,21-22). La respuesta del Señor no es ambigua, opcional o electiva, es radical…  para siempre.  Su respuesta es una invitación a dejar siempre la puerta abierta para los demás: la puerta del perdón en nuestro corazón a la miseria humana y confusión de los demás. 



Parroquia Santa María de la Estrella- D. Antonio Santos Moreno Pbro.

Ciclo Charlas Cuaresmales 2019. Primera.

En el tiempo de Cuaresma el Señor nos invita a afinar los sentido y buscar su presencia. Es tiempo de oración, de contemplación y sobre todo de recogimiento. Aprovechemos este ciclo de charlas cuaresmales, para dejar nuestro corazón libre de tantas inquietudes y sobre todo preparémoslo para reconocerlo a nuestro paso.

Lecciones de un ciego (Mc 10,46-52)

Evangelio: Mc 10,46-52
En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Jesús se detuvo y dijo: “Llamadlo”. Llamaron al ciego, diciéndole: “Ánimo, levántate, que te llama”. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: “¿Qué quieres que haga por ti?” El ciego le contestó: “Maestro, que pueda ver”. Jesús le dijo: “Anda, tu fe te ha curado”. Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.


Fruto: Aprender a orar como el ciego Bartimeo


Pautas para la reflexión:
Jesús, el Maestro, se encuentra frente a un enfermo y responde con un milagro. ¡Cuánto nos gustaría que Jesucristo nos hiciera un milagro, nos solucionase este problema en el que no acabamos de ver claro! Pero los caminos de Dios no son los de los hombres. El Evangelio que consideramos nos enseña cómo acercarnos a Jesús, y tal vez eso es más importante que la consecución material de un milagro.


1. Oyó que pasaba Jesús
Imaginemos la escena: Bartimeo, un pobre ciego, escucha algo extraño a su alrededor; quienes le rodean parecen alterados. ¿Qué pasa?, pregunta. Uno de la multitud le contesta: pasa el Rabbi de Galilea, Jesús. Bartimeo habría oído muchos comentarios sobre este maestro, que predicaba de un modo distinto, llamativo, y que había hecho muchas curaciones. Deseando ser curado, quiere acercarse al Señor. Para ello, usa los medios que tiene a su alcance. No le frena el ser ciego, el tener problemas para moverse. Recurre a lo que está a su alcance: clama, grita, para atraer la atención de Jesús.

¿Tenemos ese mismo interés nosotros por acercarnos a Jesús, por tratar con Él en la oración? ¿Ponemos todo lo que está a nuestro alcance para acercarnos a aquel que nos puede salvar?


2. “Pero él gritaba más”
Pronto llegan las dificultades. Los que rodean al ciego le increpan: deja al Maestro; no te va a hacer caso. ¿Cuántas veces escuchamos en nuestro interior: “Deja de orar; no consigues nada. Tu vida sigue igual. No pierdas tiempo”. Es la voz de Satanás que trata de desanimarnos. En esos momentos, recordemos la actitud de Bartimeo: “Pero él gritaba más fuerte: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”. Un buen marinero sabe que, cuando llega la tempestad, es cuando más hay que seguir luchando por dirigir la nave. Un buen futbolista sabe que, cuando su equipo va perdiendo, debe intensificar su esfuerzo por dar la vuelta al marcador. Un buen economista sabe que, cuando los negocios empiezan a ir mal, hay que aumentar el trabajo para no llegar a la bancarrota. Una buena madre sabe que cuando su hijo está enfermo tiene que aumentar los cuidados que le proporciona. ¿Por qué no hacemos lo mismo cuando tenemos alguna dificultad en nuestra vida humana o espiritual?


3. “Anda, tu fe te ha curado”
Jesús, como tantas veces había hecho, se para ante las necesidades de los hombres. No es indiferente a nuestra oración; no pasa de largo ante alguien que le clama piedad. Es más: se dirige al ciego y le pregunta: ¿Qué puedo hacer por ti? Y no le basta darle una palabra de consuelo, un “ánimo, muchacho, no es para tanto”. Jesucristo conoce la necesidad del ciego, escucha su petición, se compadece, y le regala el milagro. ¿Por qué no conseguimos de Dios lo que le pedimos?

A lo mejor es que no nos acercamos a Él con la fe y con la insistencia de Bartimeo, con la lucha constante por ser fiel en nuestro trato con Él, en nuestros momentos de oración y en nuestra vida cristiana. O puede ser que el Señor, más sabio que nosotros, nos conceda el milagro que más necesitamos, que muchas veces no coincide con el milagro que más deseamos.




CHARLAS CUARESMALES 2019

La Cuaresma nos invita a buscar espacios de silencio interior y de reflexión personal en alguna casa de ejercicios, para examinar un poco nuestra vida, ver qué nos falta o qué nos sobra, descubrir y elegir los verdaderos caminos de la felicidad. La Cuaresma es un buen tiempo para asistir y participar en algunas “charlas cuaresmales” de las muchas que se organizan en nuestras parroquias.

NUESTRAS SEÑAS DE IDENTIDAD

Uno de los peligros que nos acechan siempre es que perdamos el rumbo, el horizonte y las metas de nuestras vidas. Hay cuatro preguntas que, de alguna manera, nos definen y nos muestran nuestras verdaderas señas de identidad:

 

-¿Quién soy?

-¿De dónde vengo?
-¿A dónde voy?
-¿En qué lugar me encuentro?

 

 

Desde la orilla de la fe, las respuestas son sencillas:

¿Quién soy? “Somos hijos e hijas de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos, pero cuando se manifieste seremos semejantes a Él y le veremos tal cuál es”. La clave de nuestras vidas será siempre la “filiación divina”

¿De donde vengo? De Dios Creador, que me ha colocado en el escenario de la historia, con una misión que cumplir y una tarea que realizar.

¿A dónde voy? A la Casa del Padre, por los senderos de la historia. O lo que es lo mismo: A la plenitud de mi vida en la intimidad con Dios. Con estas palabras definió el cielo, san Juan Pablo II.

¿En qué lugar me encuentro? La respuesta está en nuestros labios y en nuestro corazón. Ojalá nos encontremos siempre caminando de la mano del Señor.

CAMINANTES, SEMBRADORES Y TESTIGOS

La “filiación divina” nos ofrece otros muchos destellos muy importantes de nuestra vida. Tres de esos destellos, podemos expresarlos con estas palabras:

-Caminantes -Sembradores -Testigos

Primero, somos caminantes, expresión que nos convierte en “peregrinos”. Salimos de las manos creadoras de Dios Padre, y comenzamos nuestra singladura, siempre en movimiento, hasta el final de nuestra existencia humana. Somos caminantes y, por tanto, hemos de caminar. No podemos detener ni entorpecer la marcha. Pero teniendo en cuenta un principio esencial: “En la vida, no hay caminos maravillosos sino caminantes maravillados”. El poeta nos habló de se “que se hace camino al andar”.

Segundo, somos sembradores. Sor Cristina de Arteaga, religiosa jerónima, nos dejó un precioso poema sobre la siembra. Dice así:

 

“Sin saber quien recoge, sembrad,
serenos, sin prisas,

las buenas palabras, acciones, sonrisas...
Llevar siempre en nuestras manos la buena semilla:

-La semilla de nuestra palabra cálida, ardiente, acogedora, que

 

 

ofrece los mejores contenidos. ¡Qué importante es hablar! ¡Pero sobre todo, comunicar! Una palabra que no hiera, que no destruya, que no desanime, sino que enciende siempre las mejores ilusiones y los mayores entusiasmos.

-La semilla de nuestras obras, de nuestro testimonio. “Las dulces palabras, vuelan”, decía el poeta Horario. “Los hechos permanecen”. Será el lenguaje de los hechos lo que atraiga la atención y fortalezca la credibilidad. Nos lo dijo hermosamente el Papa Pablo VI: “La gente hace mas caso a los testigos que a los maestros, y si hace caso a los maestros es porque tambien son testigos”.

-La semilla de nuestros mejores gestos de amor.

Tercero, somos testigos, sobre todo, de aquello que creemos. Una de las principales acusaciones que se lanzan contra los creyentes cristianos es la de la incoherencia. No hacemos lo que decimos; no practicamos lo que creemos. Será nuestro ejemplo lo que fascine.

LA HERMOSA FLOR DE LA FE

¡Cuántas y qué hermosas definiciones se han dado de la fe! Pero quizás ninguna tan hermosa, tan exacta y a la vez tan profunda como la que nos dejó el Papa emérito Benedicto XVI:

“La fe no es una teoría.

Creer significa entrar en una relación personal con Jesús y vivir la amistad con Él en comunión con los demás, en la comunidad de la Iglesia. Confiad a Cristo toda vuestra vida y ayudad a vuestros amigos a alcanzar la fuente de la vida: Dios. Que el Señor haga de vosotros testigos gozosos de su amor”.

¡Magníficas palabras! Palabras nucleares definidores de la naturaleza de la fe cristiana. La fe no es una teoría, algo que se sabe, pero sin influencia en la vida. La fe penetra hasta los tuétanos de la existencia del creyente, hasta el punto de ser una manera de vivir, un estilo de vida, una verdadera relación de cada persona con el Señor Jesús.

La fe, en su esencia más viva consiste en “intimar” con Dios, confiando a Cristo nuestra existencia.

La confianza es el primer fruto de la fe: poder confiar en otro, en un amigo, en Aquel que nos comprende totalmente y que nos ama hasta darse Él mismo para gloria del Padre y para nuestra salvación.

La fe nos adentra en la confianza, en la entrega de nuestra vida a Dios. ¿Rezo sintiéndome en manos de Dios? ¿Experimento su presencia? ¿Le busco, le encuentro en mis hermanos? El Abbé Pierre definía la fe: “La fe no es sólo creer en Dios, sino, sobre todo, creer que Dios nos ama”.

EL RECETARIO DE FERNANDO SEBASTIÁN

Quisiera recoger en esta charla, un hermoso “Recetario”, sencillo y práctico, con el que se despidió de su diócesis de Pamplona, y que respondía a la pregunta: “¿Cómo debe ser un buen cristiano?”

1. Cumple el primer mandamiento. Ama a Dios como Creador, Padre providente y misericordioso, origen y horizonte de nuestra vida.

2. Estudia la historia de Jesús. Cree en Él con toda tu alma. Acéptalo como el Amigo interior con el que todo se comparte. Ponlo en el centro de tu vida y de tus amores.

3. Ama a la Iglesia de Jesús, de los Apóstoles, de los santos. Es tu madre, tu maestra, tu hogar. Recibe, convive, colabora.

4. Participa intensamente en la Eucaristía dominical. Es tu inmersión periódica en la vida de Jesús, en su amor filial.

5. Ora cada día. Con la Iglesia entera. Con Jesús, con María. Aprende de Ella a ser discípulo de Jesús. Para acercarte cada dia un poco más a la verdad de Dios, para sentir su amor, para irradiar el gozo de su presencia.

6. Pon tu corazón en amar a los demás con el amor de Jesús. No seas egoísta, aprende a ser compasivo y misericordioso.

7. Haz algo para que este mundo se parezca algo más al mundo que Dios quiere para sus hijos, fundado en la verdad, en la justicia y en el amor.

8. Aprende a valorar las cosas de este mundo desde el final del camino, desde la cumbre de la resurrección.

Preciosos consejos para nuestra vida. Y la paz de Dios llenará nuestro corazón y crecerá en el mundo.

 “VOCES” PARA NUESTRAS VIDAS”

Escuchemos algunas “voces amigas”, que, con aire de susurro se acercan a nuestro corazón, ofreciéndonos su luz y su esperanza.

Primera voz: La voz del Papa Francisco, cuando el jesuita Antonio Spadaro le pregunta en una larga entrevista: “¿Quién es Mario Bergoglio?”. Y el Papa le contesta con toda sencillez: “Yo soy un pecador en el que Dios ha puesto los ojos”. ¡Qué hermoso y saludable es reconocernos “pecadores”, “frágiles”, “débiles”, necesitados de amor y de perdon.

Segunda voz: La voz de aquel gran Papa Pablo VI, Benedicto XVI: “El mal de nuestro siglo es la pasividad de los buenos”. Ese “no querer ver, no querer oir, no querer actuar”, sino “quedarnos cruzados de brazos ante los problemas más graves...en su encíclica “Evangelii Nuntiandi”: “El hombre de hoy escucha con más interés a los testigos que a los maestros, y si escucha a los maestros es porque también son testigos”.

Tercera voz: La voz de la Madre Teresa de Calcuta: “La primera pobreza de nuestros pueblos es no conocer a Cristo”. ¡Cómo han de retumbar estas palabras en nuestro corazón! Cristo nos espera siempre en todas las encrucijadas de nuestra vida.

Cuarta voz: La voz de Carlos de Foucauld: “Mi misión en la vida es ser bueno”. Carlos de Foucauld, explorador místico, fundador de los Hermanitos de Jesús escribió al final de su vida un precioso Diario. Y dice en uno de los capítulos: “Si alguien me preguntara cuál es mi misión en la vida, yo le contestaría sencillamente, ser bueno. No hacer esto o lo otro o lo de más allá, no. Sólo ser bueno”.

¿QUÉ TENEMOS QUE HACER EN ESTA HORA?

Esta la pregunta: “¿Qué tenemos que hacer en esta hora, en este momento difícil de la historia, ante tantas encrucijadas, ante tantos problemas y tantos dramas?”

Primero: ¿Qué tenemos que hacer en esta hora? “Escuchar a Dios, escuchar a Jesucristo”. No hace mucho, el Papa Francisco se hacía esta pregunta: “¿Qué es lo más importante para un cristiano?”. Y se contestaba: “Lo más importante no es ayunar, ni ir a la iglesia, ni rezar... Lo más importante es “escuchar a Dios”. ¿Por qué dice el Papa eso? Porque fue el “consejo” que nos dio Dios Padre, en la escena de la Transfiguración: “Este es mi Hijo amado. Escuchadle”. Y ¿cómo escuchar a Dios? Primero, buscando desiertos personales; segundo, en el silencio de nuestro corazón. Escuchar a Dios es “abrir los oídos del alma a su Palabra, pero también a sus susurros, a sus inspiraciones, a lo que Cristo nos dice a cada uno personalmente”.

Segundo: ¿Qué tenemos que hacer en esta hora? Santa Teresa de Jesús, cuando llega el protestantismo no sale corriendo por los claustros de sus conventos, sino que escribe en el libro de su vida: “Decidí hacer aquello poquito que yo puedo y hay en m: Cumplir mejor las reglas del Carmelo y hacerlas cumplir a mi comunidad”. Lo que hemos de hacer es “cumplir la voluntad de Dios, realizar en nuestras vidas el proyecto de Dios, lo que Dios nos pide y quiere de cada uno de nosotros”.

Tercero: ¿Qué tenemos que hacer en esta hora? Nos lo dice el Papa Francisco: “Curar heridas y dar calor al corazón”. “La Iglesia es como un hospital de campaña en las batallas”. Se impone la llamada “pastoral samaritana”: “Escuchar lamentos, enjugar lágrimas, curar a los heridos”.