PARROQUIA SANTA MARIA DE LA ESTRELLA 
Declarada Bien de Interés Cultural - Coria del Río (Sevilla)

PALABRA DE VIDA Y MEDITACIÓN

 

BUENOS DÍAS NOS DE EL SEÑOR. SEAN BUENOS Y SANTOS.
LECTURAS: VIERNES, SEMANA XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO.

Primera Lectura
2 Jn 4-9.

Quien permanece en la doctrina, este posee al Padre y al Hijo.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Juan.

SEÑORA Elegida:
Me alegré mucho al enterarme de que tus hijos caminan en la verdad, según el mandamiento que el Padre nos dio.
Ahora tengo algo que pedirte, Señora —y no es que os escriba un mandamiento nuevo, sino el que tenemos desde el principio—: que nos amemos unos a otros. Y en esto consiste el amor: en que caminemos según sus mandamientos. Y este es su mandamiento, según oísteis desde el principio, para que caminéis según él.
Pues han salido en el mundo muchos embusteros, que no reconocen que Jesucristo vino en carne. El que diga eso es el embustero y el anticristo.
Estad en guardia, para que no perdáis vuestro trabajo y recibáis el pleno salario. Todo el que se propasa y no se mantiene en la doctrina de Cristo, no posee a Dios; quien permanece en la doctrina, este posee al Padre y al Hijo.

Palabra de Dios.

Salmo Responsorial
Sal 118.

R. :

Dichoso el que camina en la ley del Señor. 

Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la ley del Señor.    R/.
         
Dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón.   R/.

Te busco de todo corazón,
no consientas que me desvíe de tus mandamientos.   R/.
         
En mi corazón escondo tus consignas,
así no pecaré contra ti.   R/.

Haz bien a tu siervo: viviré
y cumpliré tus palabras.   R/.

Ábreme los ojos, y contemplaré
las maravillas de tu ley.   R/.

Aclamación antes del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
Levantaos, alzad la cabeza:
se acerca vuestra liberación. 
Aleluya, aleluya, aleluya.

Evangelio
Lc 17, 26-37.

El día en que se revele el Hijo del Hombre.

 Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos.
Asimismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos.
Así sucederá el día que se revele el Hijo del hombre.
Aquel día, el que esté en la azotea y tenga sus cosas en casa no baje a recogerlas; igualmente, el que esté en el campo, no vuelva atrás.
Acordaos de la mujer de Lot.
El que pretenda guardar su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará.
Os digo que aquella noche estarán dos juntos: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán».
Ellos le preguntaron:
«¿Dónde, Señor?».
Él les dijo:
«Donde está el cadáver, allí se reunirán los buitres».

Palabra del Señor.

Hoy vamos a dirigir nuestra atención a las dos lecturas, ambas bastante extrañas a nuestro lenguaje y al medio cultural en que nos movemos. Pero no por ello carecen de un útil mensaje para nosotros si sabemos darles la traducción adecuada.

Jesús estuvo realmente encarnado. Y esto no significa simplemente que tenía carne humana, sino que adoptó el lenguaje y la cosmovisión de aquella época. Es el lenguaje y mentalidad de la apocalíptica, la convicción de una inminente intervención de Dios en la historia, con una serie de cataclismos cósmicos y un severo juicio sobre la humanidad. Los cristianos de primera hora identificaban tales acontecimientos con una pronta vuelta de Cristo glorioso; pero el tiempo fue pasando sin que esto sucediese y se hizo necesario repensar y reinterpretar el mensaje. Así lo percibimos por ejemplo en el cuarto evangelio, donde la predicación de Jesús recibe formas como esta: “el que cree no es juzgado, pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el nombre del Unigénito de Dios” (Jn 3,18); no se espera al fin del mundo; el juicio está presente.

Hace un par de días hablábamos de la comunidad lucana como ya madura en el tiempo, quizá con peligro de “envejecimiento”, de pérdida de tensión e inquietud. Él evangelista no la deja que se adormezca con el pretexto de haberse diferido la vuelta de le Señor. Lucas enseña que esa venida se da de muchas formas, y constantemente; que Él pasa a nuestro lado y llama, que a veces quisiera producir en nosotros una conmoción, un cataclismo interior, un cierto “fin del mundo”…; quiere hacer surgir algo nuevo. Y tenemos el peligro de vivir despistados, o muy apegados a lo que ha sido nuestra vida hasta el presente; es el significado de “recoger las pertenencias”, “salvar la vida”, es decir, aferrarnos a lo que siempre hemos dicho y hecho, resistiéndonos a la novedad y lo sorprendente que Dios quiere que surja en nosotros.

El escrito anónimo que llamamos segunda carta de Juan es también tardío, y pretende igualmente salir al paso de deformaciones de lo cristiano. La comunidad destinataria han hecho un loable esfuerzo de lo que hoy se llama “inculturación”, pero no debiera llegar demasiado lejos. Influenciada por el ambiente neoplatónico, y su derivado gnosticismo, pudiera adoptado el mismo menosprecio por lo material, eso que la sana fe considera creación de Dios; y ese menosprecio la llevaría a negar la encarnación del Hijo (a “no confesar a Cristo venido en carne”). La humanidad de Jesús sería mera apariencia y engaño. Y cuando se olvida la encarnación, se menosprecia también la historia y desaparece el compromiso concreto con los hermanos, la caridad, “el mandamiento que tenemos desde el principio”; surge un espiritualismo ilusorio.

Nosotros, como los destinatarios de estos escritos, nos encontramos ya muy lejos de los orígenes, y expuestos a deformaciones en la fe. También en nuestro mundo hay “muchos embusteros”, que a veces pretenden ocupar el lugar de nuestro Único Maestro. Estamos obligados a cultivar la fe en su primer frescor, sin adormecimientos ni rutinas (“mi amo tarda en llegar” decía aquel siervo que Jesús condena); necesitamos repensar esa misma fe, molestarnos en buscar su justa traducción a nuestro tiempo, y tener el necesario sentido crítico para no aceptar como camino de salvación lo que no lo es ni conformarnos con una religión que se difumina en el escapismo o en el sentimentalismo estéril. Mi bendición a todos, Antonio Santos Moreno Pbro.